domingo, 23 de junio de 2013

Entre el querer y el deber (II)

El pueblo estaba dormido y Alonso lo agradecía. Su aspecto era prácticamente lamentable y no quería que su imagen juvenil y elegante se viera distorsionada en sus tierras. Andaba lentamente y había decidido no entrar por la calle mayor que conducía a la plaza de la villa. Aunque no fueran horas, seguía siendo un mentidero y corría el riesgo de ser visto por las ancianas vecinas.

Esperó a la máxima hora de oscuridad para esquivar las patrullas de la Ronda y a los grupos encargados de iluminar las farolas cuando estas se apagaban. Entró por la frontera del barrio medio, por los callejones junto al último círculo de expansión de la ciudad junto a la empalizada, donde eran menos los ciudadanos que encendían su vela obligada en los portales. No necesitaba luz, conocía ese pueblo como si fuera su propia habitación. Cada seto, cada bordillo, cada farola, cada banco o cada pozo, estaba todo en el recuerdo de su infancia, todo asociado a pequeñas aventuras y escapadas cuando antes de la guerra.

Tras una caminata lenta y eterna, Alonso avanzó sus pasos hasta que llegó a la verja de la mansión de su familia y la enganchó con sus manos, estaba cerrada. Pero no era problema, él sabía que la ama de llaves estaría...

-¡¡Aaahh!!- gritó el joven Barón dando un repullo hacia atrás sin ni siquiera saber lo que había visto.

Cuando su vista se recuperó, pudo escrutar en la oscuridad medio rostro que salía de la columna de piedra de uno de los lados de la verja. Allí estaba media cara de Josefa Soriano, la ama de llaves de la mansión Lara, cuyo ojo saliente del muro le observaba inquisitivamente desde la oscuridad.

-¿Quién va?- preguntó la mujer, mirándolo desde sus ojeras cuarentonas.

-Soy yo, Alonso- apremió el joven volviendo a la verja.

-Lo siento, no damos limosnas.

Alonso dio un paso atrás y suspiró con una cálida y aterciopelada risa. Su estado era tan lamentable que le habían confundido con un vagabundo. Observó los balcones de la fachada superior para ver si había alguna luz encendida, sobre todo, si estaba la de su padre encendida. Nada, estaba todo a oscuras. Volvió a la carga tambaleándose hasta la verja.

-No soy un limosnero, señora Soriano. Soy Alonso Lara, hijo del Barón de Santa Elena.

-Pero el señorito partió a la guerra- indicó la señora, desconfiada.

-Pero he vuelto maldita sea, ¿es que acaso esperabais que volviera en un féretro?

-Bien, venga a la luz que le vea el rostro.

Alonso dudó ante esto pero negó enérgicamente.

-No, me vais a abrir la verja y pasaré sin ninguna maldita condición, doña Josefa Soriano. Agradezco su sentido de la desconfianza, pero soy Alonso, no un maldito ladrón. Y ahora, ábrame.

La criada echó mano al manojo de llaves, pero no sabía si hacía bien. No veía nada con esa insondable oscuridad, y la voz del supuesto señorito Lara estaba ligeramente cambiada, era casi un gorgojeo lamentable. Abrió la verja lo justo y necesario para que entrara.

-Gracias- acertó a decir cuando atravesó la verja.

Alonso atravesó el jardín de jazmines de su difunta madre y llegó hasta la puerta. La atravesó sin problemas y subió las escaleras de escalón en escalón apoyándose en el pasamanos. Casi saludó el enorme retrato bélico de su padre y subió al ala oeste de la casa.

Entró en el enorme salón secundario, donde su padre solía fumar o jugar a las cartas con viejos militares licenciados. Por una vez deseo que fuera así, pero estaba en silencio. La chimenea del salón de juegos brillaba con unas ramificaciones ígneas que atrapaban los leños. Las ascuas lo hipnotizaron y observó la chimenea que observaba hará ya un par de meses cuando sus tíos y el letrado de su familia vinieron a visitar a su padre.

Un crujido detrás de él le hizo sobresaltarse.

-¡Por el amor de Dios!- exclamó el Barón poniéndose en pie al darse cuenta de que la ama de llaves le observaba de cerca fijamente con una inexpresividad que daba miedo. Esa señora tenía el maldito sigilo de un fantasma.

Ella hizo caso omiso del cobardica y encendió las velas de los candelabros y los dejó en la mesa de naipes.

-Su padre se encuentra en reposo, está despierto- dijo antes de irse.

Alonso cogió el candelabro y anduvo hasta la habitación de su padre. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuvo allí. Mes, mes y medio...pero para él había sido toda una vida. Golpeó suavemente con los nudillos en el quicio de la puerta. Una oscura tos le respondió desde la cama. Gregorio Lara, viejo militar y guardaespaldas del anterior Rey de Castilla en la Guerra de la Cruz y condecorado por su famosa labor. Ahora era un pellejo viejo que se descomponía con un pañuelo húmedo en su frente , su fuerte bigote se torcía mortecino, y las manchas de su piel se habían oscurecido. La voz quebrada de su padre le dio paso:

-Adelante.

Alonso avanzó con la luz con paso trémulo.

-¿Padre?-preguntó el muchacho alzando el candelabro.

Su padre intentó alzar su cuerpo de la cama, pero los duros mareos le ataron a la cama con un quejido ahogado. Alonso acudió presto a recostarlo desde una silla de caoba.

-No se fuerce, padre. Ya estoy aquí.

-Estoy bien, maldita sea- se defendió el enfermo recostado sobre la cama con una dolorosa tos.

El silencio les invadió a ambos en la oscuridad. La habitación era suavemente iluminada por esferas de luz que emanaban de las velas del candelabro que sostenía el joven.

- Hijo mío...estás bien -suspiró de alivio el Barón-¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?

-En el ejército, padre, como era mi deber.

El enfermo lo miró trémulamente con la mirada cansada.

-Acércate a la luz, hijo mío.

Tras un largo silencio, Alonso se acercó a la burbuja clara que emanaba el candelabro colocado en la mesa. Su padre pudo observar cómo su hijo llevaba una enorme gasa sucia y con sangre seca de hacía días envuelta en el cuello. Su padre se quedó congelado, y minutos después la retiró lentamente; en cuanto vio la fea cicatriz que tenía el joven en el cuello, cerca de la clavícula, devolvió la gasa rápidamente a su sitio.

-Lo siento tanto...- fue lo único que dijo con una mirada de infinito arrepentimiento.

-Fue en la batalla de las estepas de Santiago-explicó Alonso entristecido mientras se tapaba la herida- Me colocaron al frente de un regimiento de guerrilla para emboscar el flanco izquierdo del ejército de Montaigne. Fue un maldito fracaso...encerraron a los pueblerinos armados en un molino y le intentaron prender fuego con ellos dentro. A mi me tomaron preso ya que era lo más parecido a un oficial que teníamos cerca.

Su padre no dijo nada, le encantaban los relatos de guerra, él contaba muchos, pero aquello que contaba su hijo no parecía el mundo bélico y glorioso que le había hecho ganar fama y fortuna cuando era joven. Creía que había enviado a su hijo a ganar fama, gloria y a luchar por su patria para que se convirtiera en un buen hombre. Entonces supo que la guerra actual contra el Mariscal Charles Dupont era más una carnicería que otra cosa.

-¿Cómo se resolvió?

-Fue gracias a un soldado. Rescató a los guerrilleros antes de que las llamas devoraran el molino en el que estaban encerrados. Intentó rescatarme a mi también, pero el oficial que me tenía de rehén me cortó el cuello. Ese mismo soldado se mantuvo a mi lado mientras me desangraba, me atendió presionando mi herida y recordándome lo bueno que me esperaba en casa. Me hizo guardar mi alma en la tierra haciéndome recordar lo bueno que hay en ella. Por suerte el corte del sable no alcanzó la arteria y el cirujano pudo hacer su trabajo. Ganamos la batalla con grandes pérdidas y el Tercio Viejo de San Juan parte hacia las llanuras. Y por eso estoy aquí, padre.

El Barón se incorporó levemente con los ojos llorosos y con manos temblorosas tocó el cambiado rostro de su hijo.

-¿Y quién es ese buen soldado al que le debemos, incluido yo, tu vida?

-Es una paisana vuestra, padre. Es Marina Oliván.

-Marina Oliván...- el Barón abrió levemente los ojos-. Conozco a su padre, es propietario de unas tierras al otro lado de la empalizada. Las viejas dicen que tenía alguna relación contigo, cuando te quedaste atrapado en el granero abandonado que se vino abajo.

-Le pedí en matrimonio antes de que llegaran los reclutadores del ejército, padre.

El Barón escupió como un aspersor parte de su vaso de agua.

-Entonces los rumores son ciertos. Esas viejas chochas parece que de vez en cuando dan en algo- hizo una pausa para aclarar sus ideas- Y dime, ¿por qué?

-Porque era vuestro deseo que contrajera matrimonio cuanto antes para consolidar el apellido Lara y su patrimonio.

-¿La amáis?

-No he conocido tan desafortunado sentimiento, padre. Además, no sabía que mis deberes con la familia me permitieran el lujo de amar- respondió con pesar.

-¿Por qué la señorita Oliván entonces?

-Alguien tenía que ser en esta villa a la que no hubiera pretendido ya. Fue puro azar, padre. Pensé que con encontrar esposa era suficiente para dar herederos a la baronía y hacer que prospere nuestra casa noble.

-Ciertamente, pero de todas formas ese matrimonio en concreto no hubiera aportado la solidez que necesitan los Lara. Esa joven solo es una campesina.

Alonso interrumpió a su padre con una firmeza y seguridad en su voz que nunca antes había visto en su hijo.

-Hasta hace un momento esa campesina era el soldado que me salvó la vida y a la que le debíamos mucho, incluido vos, padre. Ahora me decís que solo es una campesina. Creía que para vuestra excelencia el honor, la valentía y la gallardía era más importante que la condición social, pero veo que constantemente me equivoco. Decidme, padre...¿vuestro deseo de casarme cuanto antes con alguien de relevancia social y económica es lo que queréis o lo que debéis hacer para contentar a toda la familia? ¿Qué es lo que queréis para vuestro hijo ahora mismo?

Barón tuvo una revelación en ese preciso momento. Las palabras de su hijo le habían calado muy hondo y habían echado raíces, allá donde nace el querer de uno. Don Lara miró al joven con sorpresa, atónito por el hecho de que su hijo le había plantado cara por primera vez, pero no pronunció palabra. Alonso le mantuvo la mirada, una mirada que decía que no le estaba desafiando, sino que pensaba por si mismo y que defendía con fervor sus razonamientos aunque fuera contra los deberes dictados por su querido padre al que siempre había querido agradar. Seguía queriéndolo, más que nunca de hecho, debido a su cercana experiencia con la muerte. Pero no entendía nada, se hacía preguntas que nunca se había hecho, la cruda guerra le había hecho madurar ¿a quien estaba intentando agradar realmente, a un titulo nobiliario o a su padre? ¿Cómo sabía que su padre no estaba en el mismo dilema que él? ¿Y si quizás su padre no quería casarlo, sino que debía casarlo? Él no quería agradar a un título nobiliario ni a su familia, él quería agradar a su padre. El quería que su padre se sintiera orgulloso de él, pero si en realidad era todo cosa de un papel con derechos nobiliarios, no sabía si todos sus sacrificios merecerían la pena. El deber y el querer de Alonso se batía en cruenta batalla...pero lo que Alonso no sabía, era que el deber y el querer de su padre también se tambaleaban.

-Sabed que no conseguiréis contentar a todos-continuó Alonso-,yo mismo llevo intentando agradaros desde siempre y nunca lo he conseguido. Intenté casarme a pesar de que no quiero hacerlo. Partí al ejército porque era lo que queríais, y yo quería porque quería que os sintierais grande por vuestro hijo aunque fuera por una vez. Pero no hago  más que meter la pata cuando intento contentaros por mi mismo. Así que esperaré aquí en casa y haré todo lo que deba hacer padre. Cumpliré con mi deber.

Silencio. Barón padre pensaba en todo lo que le había dicho su hijo y un rayo de luz atravesó sus pensamientos, los cuales descendieron del deber de la mente al querer del corazón. La pregunta que le había hecho su hijo resonaba en la mente del enfermo:

"¿Qué es lo que quiero yo realmente para mi hijo...?"

-Hijo mío...¿qué es lo que quieres?

Alonso lo miró cansado y dolorido.

-Cumplir con mi deber,  con mi padre, al que amo y el que siempre ha cuidado de mi.- respondió de corazón.

-¡Olvidate de tu padre por una vez, maldita sea! Solo soy una vieja momia que no ha empezado a descomponerse. Piensa por una vez en ti...¡es una orden!

Alonso sonrió, le encantaba cuando su padre se comportara como si de un sargento se tratara.

-Si es una orden...ahora mismo deseo partir con Cintia, Marina y otros compatriotas a la corte del Buen Rey Sandoval. Algo huele podrido allí, Marina ha tirado del hilo de una conspiración que implica al Secretario y Tesorero Real  Ricardo de Barcino. Probablemente el Rey esté en peligro.

-Por todos los diablos, estás loco, vas a viajar con dos muchachas que te han rechazado en matrimonio. Anda, parte de inmediato. Si es cierto lo de Ricardo de Barcino, Castilla puede correr peligro. Coge tu caballo...

-Ventisca es de Marina Oliván- añadió Alonso ahora que se acordó.

Barón padre se quedó en silencio, atónito. Ya había salido ese nombre demasiadas veces.

-¿Cómo es posible? ¡Si lo robaron!

-Se lo he regalado, ha sido la única alma que ha podido montar en Ventisca.

-No es posible, ese caballo era un demonio. Ni tú ni yo pudimos, que somos expertos en caballos  ¿cómo lo pudo domar?

-Porque no lo ha hecho padre, él se deja montar...ellos simplemente viajan juntos. No hay jinete, no hay montura, son compañeros. Ambos cabalgan el viento en busca de aventuras y de libertad.

Gregorio Lara pegó un bufido gracioso ante la lírica  y las sonrisas de su hijo, le recordaba tanto a su fallecida esposa...

-Que se lo quede maldita sea, se lo  merece y le debo que mi querido hijo siga con vida. Lo único que me duele, es que dos expertos domadores de caballos hayamos sido vencidos por una campesina

Alonso y su padre se miraron, y estallaron en carcajadas ante la graciosa idea, pero el Barón acabó en toses quebradas.

-Por el amor de Dios, parte a San Cristóbal.

-Pero padre, no puedo dejaros así...

-¡Es una maldita orden! -gritó el moribundo desde su cama con una voz autoritaria antes de acabar en más toses- Ahora haz lo que quieras,  cuando vuelvas, tendrás que cumplir con tu deber y de ver a tu padre.

Alonso sonrió y cogió sus cosas.

-Gracias...papá, volveré pronto. Cuando vuelva, juro cumplir con tu voluntad. Gracias- le exclamó mientras le abrazaba.

-Solo una cosa, tráeme un tintero y ese portafolios negro que hay al lado del cuadro de caza.

Alonso le dispuso rápidamente la pluma, el tintero, folios y el portafolio y a continuación  llegó a la puerta su padre lo llamó:

-Alonso...

-¿Si...?- respondió el joven antes de salir del todo.

-Eres un muchacho avispado e ingenioso, hoy me has demostrado en cuantas cosas puedo estar equivocado. Estoy orgulloso de ti. Ahora sé feliz, ya habrá tiempo para cumplir el deber que tienes con esta familia. Hasta entonces, haz lo que siempre has deseado.

La sonrisa de Alonso se ensanchó como pocas veces hizo en su vida y sus ojos se pusieron llorosos.

-Gracias, papá.


Gregorio Lara se puso en su escritorio bajo la luz de las velas, a escribir sobre un folio en blanco. Ver a su hijo en ese estado le había marcado mucho. Tenía que hacerlo antes de que fuera tarde, sentía que le quedaba poco tiempo de lucidez. Ahora Gregorio quería cumplir su deber para consigo mismo. Era lo mínimo que podía hacer, ya que sabía que no viviría mucho más-

Aquella fue la última vez que Gregorio Lara vio a su hijo, en vida.

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